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Ambivalencia Obsesiva

"Por muy tarde que fuese, cada noche, antes de dormir, recordaba su vida anterior. En esa vida no había sido una buena persona aunque, si se esforzaba y hacía un ejercicio de franqueza, tampoco consideraba que hubiese actuado con excesiva maldad; más bien había sido una persona egoísta. Esto, quizá, era lo quería creer para no sentirse alguien siniestro y culpable. Y esto último sí que era egoísmo. Él lo sabía.
«¿Cuánto tardaré en olvidar mis desdichas?», su pregunta profundizaba sobre su permanencia en el infierno mental que recreaba todas las noches, un infierno que le mantenía preso entre sus pecados y un insomnio que no desaparecía hasta varias horas después. Al menos, se decía, el sentimiento de culpabilidad descartaba que fuese un psicópata sin escrúpulos. Sólo necesitaba perdonarse por haber hecho sufrir a la persona que más quería, pero perdonarse no entraba dentro de sus mejores aptitudes. Sería una empresa larga y difícil que, en su idioma, significaba que iba a ser una  enorme putada."
Como futuro escritor, no le gustaba éste texto ni lo que le sobrevenía. El personaje le repugnaba hasta tal punto que tener que escribir sobre él le dinamitaba el estado de ánimo. Tampoco sabía como continuar la narración y esto le inquietaba, primero, por no saber si era debido a una falta de empatía con el personaje o, por el contrario, a una superempatía que lo hermanaba a él; y segundo, porque su meta era escribir cinco páginas diarias y, sin embargo, llevaba una semana desechando páginas y páginas por no sentirse del todo orgulloso de lo que estaba creando. Sabía que inspirarse en hechos reales le acabaría revolviendo las entrañas pero, lo que nunca imaginó, es que se quedaría estancado con tanto dramatismo. Estaba tenso y no paraba de morder la punta del bolígrafo, masticando los trocitos que iban desprendiéndose del boli para atragantarse con ellos y, finalmente, escupirlos sobre el papel. Era masoquismo literario, por eso cualquier vicio era bueno para distraerse y mantener su obsesividad a raya; cualquier nimiedad, por estúpida que fuese, era perfecta para escapar de su mente. Debía procrastinar más y no ser tan obsesivo con el detalle.
Releyó todo lo que hoy había escrito e inmediatamente hizo varias bolas de papel que fue encestando, una a una, en la papelera del despacho. Estaba irritado y sentía que tanta improductividad le estaba haciendo perder el hilo de la historia principal, viéndose tentado de aparcar el texto y seguir escribiendo algún capítulo que le recompensase a corto plazo. Pero no. Se sentía en deuda con este personaje, el cual había condenado a recordar sus malos actos, una y otra vez, cada una de sus malditas noches, atrapándolo dentro de una pesadilla perpetua. Así que no lo abandonaría para continuar con la narración principal, eso sería desalmado. Al fin, una vez que hubo asimilado  y comprendido su dichosa conexión con el personaje, decidió acabar por la vía rápida. Los dos estaban condenados a reflotar al unísono de sus vidas e iba a hacerlo ahora mismo. Se acercó a la basura y hurgó entre los papeles, alisándolos de nuevo para intentar recomponer el puzzle que suponía enfrentarse a sus miedos. Estaba fatigado pero tras unas horas de arduo trabajo casi que ya lo tenía. Había conseguido montar un personaje que le desagradaba y le enamoraba a partes iguales. Después de todo, se parecía a él. Y eso le obsesionaba.

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