El fuerte viento de aquellos días le había hecho sentir muy vivo. Era una sensación extraña pero fortificante, algo que le llevaba a hacerse preguntas existenciales. Su vivacidad y energía no se debían al viento, sería absurdo, sino a la sensación de placer que estaba experimentando por cada nimio detalle al que se exponia. Todo tenía un matiz emotivo, placentero o, en los casos más extraños, ambivalente. — Entonces, ¿era así como se sentía una persona en su día a día? ¡Qué afortunados!—se decía a solas en lo alto de una colina repleta de una plantación de girasoles. No había vida humana a kilómetros. Sólo él, sus pensamientos y sus sensaciones. Sí, sensaciones. Llevaba tantos años sintiéndose tan apagado que ahora todo le resultaba tan impactante como lo es exponerse a un colorido lienzo de un artista obsesionado por el detalle. — ¿Y ésta emoción? Yo diría que es felicidad—pero, ¿cómo saberlo a ciencia cierta? Es como decir que el primer cuadro que ves de un ...
Narrativa fantástica recursivamente enumerable.