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Sinestesia Musical (II)

El violín y su porqué.

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Porque agarra todo el timón de la melodía 
y sube el nivel del mar. 
Se vale de sí mismo para ser 
tormenta, caos, noche, oleaje y navío. 
Pero también orilla, tierra, cielo, montaña y hogar. 
Oscila libre sin perder su continuidad 
y fusiona todos los mundos en uno.

El piano son palabras y necesita de ellas. 
El violín es la emoción que no las necesita; 
su textura es como la arena de la playa, fina; 
y el piano es como el viento que la incrusta en tu piel.
El piano son saltos entre puntos del espacio; 
y el violín su camino.
El piano tiene colores y son estáticos; 
y el violín tiene espectro y está vivo.

Si el piano es sincronía, 
el violín es su ausencia; 
y, aún teniéndola, 
no la puedes capturar, 
no puedes definir su movimiento, 
pero sí sentirlo. 
El violín es la voz de los instrumentos
porque es—voz—soprana.

Puedes sentir sus colores 
cartografiando todo tu ser, 
de emoción en emoción. 
A veces, la melodía desciende 
desde lo más alto 
y cae 
y cae 
y cae; 
y otras se rebela y lo hace del revés, 
ascendiendo sin cuestionarse nada, 
como si estuviese invirtiendo 
el sentido de su sentimiento.

El violín es cerrar los ojos 
y observarlo dentro de ti. 
Es sonreír porque estás siendo recorrido por él 
y creer que es el único retorno posible
a una emoción conocida 
—nuestro pasado.

Ausente de palabras
su color permanece:
regresa, se mueve,
y siente.

Palabras de no palabras
son su melodia.
Cierras los ojos
y sin ver, la ves.


[Sinestesia Musical, parte I]

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