Ir al contenido principal

Hasta abstraerse

Estaba embriagado por el sonido característico de la noche del campo, por ese rugido mudo pero constante que habitaba en el aire y que impedía que el silencio absoluto existiese. Ese sonido, indescriptible, se veía adornado por algún insecto ocioso que con sus pasos hacía crepitar a las hierbas. Y así, sin más, de repente, un grillo comenzaba su sinfonía particular a ritmo de cri, cri, cri; un canto que no le hacía sino más localizable y, por tanto, vulnerable a cualquier felino juguetón que merodease por la zona. Y ahí estaba él, atreviéndose a ser el improvisado director de orquesta de otra arriesgada noche.

Aquella era una paz que le transportaba al pasado, atrapándole en una hermosa nostalgia que le recordaba a cuando sentía algo por el mundo. Se refería a cuando era un enano y todo le parecía imponente, digno de ser vivido o experimentado. A la vida. Siempre pensó que vivir con tanta intensidad era insano para el desarrollo normal de un crío, pero el mundo no pregunta, sino que impone, arrolla y no se detiene bajo ninguna circunstancia, comportándose como un monstruo insensible que no espera a nadie. Ya, lo sé. Ésta era una visión del mundo muy humana cuyo único fin es seguir existiendo un día tras otro, en ciclos de días y noches, sobreviviéndonos con pasividad, dejándonos bien claro que su monotonía no nos necesita, y que, una vez muertos, todo seguiría igual, demostrándonos en un arrebato de realidad que la nada también puede trascender. Así de simple. Así de complejo: la nada, tan vacía y con tanto significado... Aunque lo que le inquietaba no era eso, era el preguntarse qué le había ocurrido estos años para olvidar tan inmenso conjunto de sensaciones. Algo cruel, seguro, que le daba miedo responder por no volver a abrir etapas de la vida ya quemadas.

Tenía que aprender a contenerse, a no divagar sobre pensamientos dañinos y a detenerse en la belleza del mundo hasta ser completamente absorbido por ella. Era la única forma de volver a sonreír como aquel niño que fue.


Entradas populares de este blog

Veintitrés de Noviembre

Si escribo desde el odio, rozaré el cielo. Siempre lo he sabido, que soy más eso que lo otro, o que resplandezco más desde mi oscuridad. Y también sé que sólo me faltan dos historias por las que me merezca la pena morir y que sólo podrían ocurrír al unísono. Hoy, recordándote, miré las pocas menos de diez fotos que tengo de ti, todas las restantes pérdidas, yo queriendo pintarte y no llorarte; y no puedo. No aún. Ni diez años después. Por entonces, durante ese mes y ocho días, quise ser fuerte y no supe entender tu miedo; hasta que desapareciste el 31 de diciembre de 2015. Horas después, llegó la noche de Año Nuevo, con sus terroríficos fuegos artificiales y yo en vela, buscándote por todas partes, conociendo lo asustado que estarías, refugiado y escondido de un mundo que desconocías. Toda mi noche, toda la tuya, ambos perdidos. Y fue sin ti cuando me derrumbé como nunca; tarde. Todavía sigo buscándote en sueños, en esa pesadilla que siempre termina con un infinito grito mudo, yo allí,...

Óleo de Celos

Esto es sólo una de las múltiples interpretaciones de los celos. Este texto consta de 5 poemas. los cinco poemas-canciones completos Poema—Yo: Los celos son dibujar mis labios en los de otra y hacerlos desfilar por París, por Viena y por todo lo que nunca más será. Los celos son la condena de mi imaginación frustrada que reclama que griten mi nombre los labios de la otra y digan que ella soy yo, pero que la otra también es ella. Los celos son mi sombra, extendiéndose, apropiándose de atributos ajenos, mientras se aleja de lo que fuimos, yo persiguiéndolo, persiguiéndome, porque ya no sé aceptarme—sin ti. Los celos son lo implícito no explícito; la brújula que estalla y apunta hacia dos nortes contrarios, huyendo en ambos rumbos. Los cel...

La Seducción

El placer era ella: ausente, sola, perdida o encontrada; sin sujetador y apenas cubierta por un peto vaquero corto dispuesto a ensuciarse con su deseo. Sí, el placer era ella; arqueada, semidesnuda, entregada a sus trazos y deslizando las cerdas del pincel sobre una superficie blanca, sin historia, pero con destino y color. El placer era suyo y por la firmeza de transformar un lienzo, virgen y expuesto, en la erotización de palabras que desfilarían sobre su algodonado follaje.  Claro, ella y su persuasivo placer: siempre haciendo de lo inocente—la pintura—un crimen de guerra, de sangre y de color. Ese era todo su placer. Y aquel día estaba dibujando un autorretrato. Sus mejillas—las reales, relajadas en pleno acto y manchadas de azul, o de rojo, o de amarillo; y las de la pintura emergiendo sobre la nada—, ¿cómo describirlas, si siempre son del color que se multiplica durante su composición? De un color que está ausente en la paleta y en los pigmentos. Sí, si las mejillas son rojas...